Alaska 2025: Trump y Putin dialogan sobre Ucrania y armas nucleares, mientras China observa el nuevo equilibrio tripolar del orden mundial.

Análisis dialéctico y estratégico del triángulo del poder: EE. UU., Rusia y China tras Alaska

Ing. José María Noriega C.A.S

La cumbre Trump-Putin en Alaska redefine el statu quo: paz en Ucrania, doctrina MAD y la mirada estratégica de China en un mundo tripolar. La cumbre bilateral en Alaska fue el primer encuentro cara a cara entre ambos mandatarios desde 2018. 

El reciente encuentro entre el presidente de EE. UU., Donald Trump, y su homólogo ruso, Vladímir Putin, celebrado el 15 de agosto de 2025 en Anchorage (Alaska), representa un momento clave dentro del actual reordenamiento del orden global. 

Tal como hemos analizado previamente, el siglo XXI está marcado por el fin del unipolarismo y la transición hacia un sistema multipolar o incluso tripolar en el que Estados Unidos, China y Rusia compiten por influencia. 

La cumbre de Alaska se enmarca precisamente en ese zeitgeist contemporáneo: grandes potencias negociando directamente el fin de una guerra –en este caso la de Ucrania–, con repercusiones más allá del conflicto inmediato. 

A continuación, examinamos los resultados y el contexto de esta reunión en cuatro ejes: las posturas de Trump y Putin sobre el equilibrio estratégico global, sus declaraciones en materia de destrucción mutua asegurada (MAD), armas nucleares y disuasión, las referencias directas o indirectas al papel de China como potencia emergente, y una evaluación de si este encuentro contribuye a consolidar, desafiar o reordenar el statu quo global dentro de un marco tripolar.

Posturas de Trump y Putin sobre el equilibrio estratégico global

Desde el inicio, ambos líderes dejaron claras sus posiciones acerca del equilibrio estratégico mundial y el rol de sus países en él. 

Putin enfatizó la necesidad de rehacer la arquitectura de seguridad en Europa y el mundo, insistiendo en abordar las “causas profundas” de la guerra en Ucrania y las preocupaciones legítimas de Rusia para lograr una paz duradera . 

En la rueda de prensa conjunta tras la cumbre (la primera de este tipo entre líderes de EE. UU. y Rusia desde Helsinki 2018 ), Putin afirmó que para finalizar el conflicto era necesario “restablecer un equilibrio justo de seguridad en Europa y en el mundo en su conjunto”, dejando entrever su visión de un orden global multipolar donde Rusia recupere paridad estratégica con Estados Unidos . 

Advirtió además contra cualquier intento europeo de “sabotear” el incipiente esfuerzo de paz, subrayando que confía en que Kiev y las capitales europeas actúen de forma constructiva y no entorpezcan los avances . 

Esta postura refleja la demanda de Moscú de ser reconocida como potencia de primer rango cuyo ámbito de seguridad debe ser respetado –un claro desafío al status quo unipolar/post-Guerra Fría y a la expansión de la OTAN que Rusia percibe como amenaza.

Por su parte, Donald Trump abordó el encuentro con un enfoque pragmático y personalista, resaltando su buena sintonía con Putin. El presidente estadounidense llegó a calificar su relación con el líder ruso de “fantástica” durante la única conferencia de prensa conjunta anunciada al término de la cumbre  . 

Trump había anticipado que le bastarían “unos minutos” para saber si Putin hablaba en serio sobre la paz en Ucrania, amenazando incluso con levantarse de la mesa o dar una rueda de prensa solo si veía malas intenciones . 

Finalmente no hubo ruptura: ambos mandatarios posaron juntos ante la prensa, lo que Trump presentó como un éxito en sí mismo (dado que implicaba diálogo continuo) . 

En línea con su visión realista de la geopolítica, Trump reconoció explícitamente la disparidad de poder entre Rusia y Ucrania, sugiriendo que Kiev “tendrá que llegar a un acuerdo” porque “Rusia es una potencia muy grande, y [Ucrania] no” . 

Esta afirmación –“Russia is a very big power, and they’re not”– evidencia la perspectiva de Trump de que el equilibrio estratégico global pasa por el entendimiento entre grandes potencias, aunque sea a expensas de las aspiraciones de actores menores. 

De hecho, tras tres horas de reunión, Trump admitió que no se alcanzó un alto el fuego inmediato, pero insistió en que las conversaciones fueron “extremadamente productivas” y que ve “una muy buena oportunidad” de lograr la paz más adelante . 

Acto seguido, anunció que llamaría a sus aliados de la OTAN y al presidente Volodímir Zelenski para informarles de lo conversado , al tiempo que cambiaba de tema hacia posibles entendimientos económicos con Rusia, mencionando la presencia en Alaska de “tremendos representantes empresariales rusos” . 

Esta alusión sugiere que Trump buscó aprovechar la cumbre no solo en términos geopolíticos sino también comerciales, acorde con su prioridad de obtener acuerdos ventajosos. 

En síntesis, Trump se mostró dispuesto a negociar directamente con Moscú como un igual, privilegiando el fin pragmático del conflicto y la realpolitik (intercambio de territorios o levantamiento de sanciones) sobre la línea dura de confrontación. Esta postura contrasta con la de los aliados europeos, pero reafirma la visión de Trump de un orden global gestionado principalmente mediante el trato directo entre “grandes hombres” al mando de grandes potencias.

Cabe destacar que el solo hecho de celebrar esta cumbre en territorio estadounidense, sin concesiones previas de Moscú, supuso ya un triunfo simbólico para Putin en términos de equilibrio global. 

Diversos analistas señalan que Putin logró “romper su aislamiento internacional” con esta visita , puesto que ningún líder occidental de primer nivel se había reunido con él desde el inicio de la invasión a Ucrania en 2022. 

Ahora, al obtener una cumbre cara a cara con el presidente de EE. UU. sin ceder nada de antemano, el Kremlin pudo colocarse de tú a tú con Washington en el escenario mundial  . 

Esta imagen de igualdad quedó patente en Alaska, donde Putin fue recibido con honores y alfombra roja, rompiendo un tabú diplomático. 

Trump, por su parte, confía en su relación personal con el ruso como principal argumento para alcanzar la paz  , lo que evidencia un enfoque bilateral en la gestión del equilibrio estratégico. En suma, las posturas exhibidas en la cumbre reflejan un reajuste en el balance de poder: Rusia reafirmándose como gran potencia con intereses que deben ser respetados, y EE. UU. (bajo Trump) dispuesto a concederle ese espacio de interlocución privilegiada, aun a riesgo de inquietar a sus aliados. 

Esto se alinea con la tendencia más amplia de un orden internacional que deja atrás la hegemonía incontestada de EE. UU. y evoluciona hacia una interacción más compleja entre polos de poder.

Declaraciones sobre doctrina MAD, control de armas nucleares y disuasión

Aunque el foco central de la cumbre fue la guerra en Ucrania, en el trasfondo asomaron cuestiones estratégicas de largo plazo vinculadas a la disuasión nuclear y el control de armamentos, elementos clave de la doctrina de Destrucción Mutua Asegurada (MAD) que ha regido la seguridad global desde la Guerra Fría. 

Un indicio claro fue la propuesta rusa, planteada incluso antes de la reunión, de negociar un nuevo tratado de control de armas nucleares entre Washington y Moscú . Putin llegó a Anchorage con la intención declarada de discutir un acuerdo de control armamentístico –lo que recuerda los históricos acercamientos Reagan-Gorbachov–, probablemente buscando reforzar la paridad nuclear con EE. UU. y aliviar la presión estratégica que supuso la suspensión del tratado New START en años recientes. 

Si bien no se anunciaron avances concretos en este ámbito, la mera disposición a tratar el tema sugiere que ambas potencias reconocen la necesidad de limitar los riesgos nucleares y evitar una carrera armamentista desbocada. 

En la narrativa oficial del Kremlin, Rusia enfatizó que para lograr una solución duradera en Ucrania era necesario “tener en cuenta todas las preocupaciones legítimas de Rusia y restablecer un equilibrio justo de seguridad” tanto en Europa como en el mundo , una formulación que implícitamente abarca las garantías estratégicas (incluida la dimensión nuclear) que Moscú reclama. 

En la práctica, esto podría traducirse en límites a despliegues de misiles o fuerzas de la OTAN en zonas cercanas a Rusia, temas directamente ligados a la estabilidad nuclear y la lógica MAD de prevenir amenazas existenciales mutuas.

La cumbre también estuvo rodeada de gestos de disuasión militar que evocan la importancia de la fuerza estratégica. En un movimiento calculado de demostración de poder, Estados Unidos recibió a Putin en la base de Elmendorf-Richardson con el sobrevuelo de bombarderos furtivos B-2 Spirit . 

Estos aparatos, capaces de portar armamento nuclear, habían sido trasladados a Alaska como mensaje simbólico: la presencia de la máxima capacidad ofensiva estadounidense servía para recordar al visitante ruso el desequilibrio de fuerzas y el compromiso de Washington con la defensa de sus aliados. Según informes, los B-2 empleados son los mismos que EE. UU. utilizó en una reciente operación contra instalaciones nucleares de Irán , subrayando la disposición estadounidense a usar su poderío militar si lo considera necesario. 

Este despliegue buscó reforzar la disuasión durante las conversaciones –un recordatorio tangible de que, pese al ambiente cordial, Trump negociaba desde una posición de fuerza militar abrumadora. El propio Trump alardeó antes de la cita que “Putin no va a querer meterse en líos conmigo en la cumbre” , sugiriendo que confiaba en disuadir cualquier actitud intransigente de su contraparte mediante la amenaza implícita de consecuencias graves (sean militares o económicas). 

Sin embargo, tras la reunión, Trump optó por un tono optimista y evitó mencionar nuevas sanciones o “palos” inmediatos contra Moscú , a pesar de que días antes había amenazado con “consecuencias muy graves” si no se acordaba un fin de las hostilidades . Esta moderación posterior indica que primó el intento de compromiso sobre la coerción directa.

En cuanto a la doctrina MAD y la estabilidad nuclear, ninguna de las partes hizo referencias explícitas a “destrucción mutua” durante sus declaraciones públicas, pero es evidente que el equilibrio del terror nuclear subyace como factor determinante de sus cálculos. 

Ni Washington ni Moscú desean una confrontación directa dada la posibilidad de escalada nuclear, lo cual en parte explica la voluntad de ambos de mantener canales diplomáticos abiertos. Putin, por ejemplo, destacó repetidamente que la “seguridad de Ucrania debe ser garantizada” en cualquier acuerdo , reconociendo la importancia de mecanismos disuasorios que impidan futuros conflictos. 

En la práctica, esto apunta a algún tipo de garantías de seguridad internacionales para Ucrania –posiblemente inspiradas en el Artículo 5 de la OTAN– que desalienten a Rusia de repetir su agresión . 

Líderes europeos como el británico Keir Starmer y la italiana Giorgia Meloni subrayaron precisamente la necesidad de “garantías férreas” para Kiev, incluso fuera del paraguas OTAN . 

Trump reconoció ese punto y, según trascendidos, en conversaciones previas indicó que podría ofrecer a Ucrania garantías de seguridad al margen de la Alianza Atlántica. 

Por su lado, Putin declaró públicamente estar “de acuerdo con el presidente Trump” en que la seguridad ucraniana debe asegurarse, mostrando disposición a trabajar en ese sentido . 

Aunque no se detallaron estas garantías, podrían implicar compromisos de no agresión, presencia de observadores internacionales o incluso fuerzas de paz tras un posible alto el fuego. 

Así, pese a que el espectro de un intercambio nuclear no fue invocado directamente, sí afloró el lenguaje de la disuasión y la prevención de conflictos mayores: tanto mediante la insinuación del poder destructivo (los B-2 sobrevolando Anchorage) como a través de la búsqueda de acuerdos de control de armas y seguridades posbélicas. 

En esencia, la sombra de la doctrina MAD se hizo sentir en Alaska al recordar a ambos líderes los límites impuestos por las armas nucleares –límites que los empujan a negociar la paz antes que arriesgar una escalada catastrófica.

El factor China: una potencia ascendente entre bastidores

Aunque China no estuvo físicamente presente en la reunión de Alaska, su influencia como potencia en ascenso gravitó de forma notable en el trasfondo de la cumbre. 

Beijing fue uno de los mayores interesados en el resultado del encuentro Trump-Putin, viendo en él un potencial precedente para la dinámica entre las tres superpotencias. 

De hecho, el gobierno chino expresó abiertamente su beneplácito ante las conversaciones: días antes, el Ministerio de Exteriores de China declaró estar “contento de ver a Rusia y a EE. UU. mantener contacto, mejorar sus relaciones y avanzar en la solución política de la crisis de Ucrania”. 

El propio Xi Jinping, en una llamada a Putin la semana previa, alentó a ambas partes a buscar una resolución política de la guerra . 

Estas declaraciones indican que China avaló la cumbre de Alaska, probablemente porque cualquier distensión entre Washington y Moscú podría reportarle ventajas estratégicas. 

En lo inmediato, China gana tiempo y estabilidad: una reducción de las hostilidades en Europa permite a Beijing enfocarse en sus prioridades regionales (por ejemplo, Taiwán) sin temor a una abrupta escalada global. Además, China se ha beneficiado de la guerra en Ucrania al reforzar sus lazos con Rusia –comprando petróleo ruso con descuento, suministrando tecnología dual y dando apoyo diplomático a Moscú en foros internacionales –, por lo que tiene interés en que Rusia no sea derrotada ni humillada. 

Como señaló el canciller chino Wang Yi en julio, Beijing “no puede aceptar” una derrota rusa en Ucrania. En este sentido, la reunión de Alaska, al marcar el regreso de Rusia a la mesa de negociaciones global, validó la estrategia china de respaldar a Moscú mientras insta a un arreglo negociado.

No obstante, el papel de China es ambivalente. Por un lado, la cumbre refuerza la noción de un mundo tripolar: “Rusia, China y EE. UU. tratados como polos coiguales, con una lógica de esferas de influencia nuevamente en juego”, según observó el analista Craig Singleton. Desde esta perspectiva, Beijing leerá el encuentro de Alaska como una confirmación de la inclinación de Trump a negociar directamente con otras grandes potencias, legitimando un orden en el que tres esferas de poder (Norteamérica, Eurasia rusa y Asia-Pacífico china) dialogan y transan entre sí. 

Esta visión agrada a Xi Jinping, quien propugna explícitamente un sistema internacional multipolar y ve con buenos ojos que se normalice la interlocución de tú a tú entre grandes estados, relegando a un segundo plano a los aliados menores . 

De hecho, observadores apuntan que para Beijing “la reunión de Alaska es en sí misma el mensaje: las grandes potencias negociando sobre estados más pequeños normaliza el orden mundial que prefiere Xi”. 

En otras palabras, la imagen de Washington y Moscú acordando el destino de Ucrania (sin la presencia de Ucrania ni de la Unión Europea) encaja con la concepción china de que los asuntos críticos deben definirse por concertación entre los máximos poderes, reconociendo de facto zonas de influencia.

Por otro lado, China estaba alerta a cómo se desarrollaría la cumbre, temiendo potenciales desenlaces desfavorables para sus propios intereses. Una preocupación en Beijing era que Trump utilizase la negociación con Putin para alejar a Rusia de la órbita china o para debilitar la alianza Moscú-Beijing. 

Cabe recordar que Rusia y China han estrechado su cooperación en respuesta a la presión occidental, conformando una suerte de entente sino-rusa. Cualquier giro en esa relación podría afectar el balance de poder global. 

En este caso, algunas señales indican que Trump podría estar tentando a Rusia con incentivos económicos para distanciarla de China: se habló de la posibilidad de un acuerdo de “minerales críticos” entre Washington y Moscú, orientado a contrarrestar la posición dominante de China en el mercado de materiales estratégicos . 

Trump rehusó dar detalles al respecto, limitándose a decir “ya veremos qué pasa en esa reunión” cuando se le preguntó si buscaría un pacto de minerales con Putin. Sin embargo, este tipo de especulaciones habrán hecho que China siga con atención cada gesto. De hecho, tras la cumbre, Trump anunció que postergará la imposición de aranceles a China por la compra de petróleo ruso, al menos por algunas semanas. 

Dicha medida punitiva había sido amenazada por Trump para forzar a Beijing a frenar su apoyo económico a Moscú, pero el aplazamiento post-summit sugiere un clima más conciliador. Es posible que Trump busque no antagonizar simultáneamente con China mientras explora un arreglo con Rusia –indicativo de la delicada gestión triangular en la que cada movimiento hacia un rival impacta al otro. En todo caso, China obtiene cierto respiro: evitar nuevos aranceles estadounidenses le conviene, y si la guerra en Ucrania entra en fase negociada, China podría presentarse como facilitador internacional pidiendo una “paz justa”, como de hecho lo hizo al respaldar públicamente la cumbre de Alaska.

Con todo, analistas occidentales advierten que un desenlace demasiado favorable a Rusia en Alaska enviaría señales peligrosas a Beijing. Si Trump cediera demasiado ante Putin –por ejemplo, aceptando un acuerdo que congele la guerra otorgando a Moscú control sobre territorios ucranianos ocupados–, China “aprenderá una lección simple: la coerción vale la pena y los costos son manejables”. 

Dicho de otro modo, si la agresión paga en Europa, la disuasión se abarata en Asia. Esta lógica inquieta especialmente en lo relativo a Taiwán: Beijing podría interpretar un acuerdo “light” en Ucrania como luz verde para intensificar la presión sobre la isla, calculando que EE. UU. preferiría negociar antes que arriesgarse a un conflicto abierto. 

Singleton alerta de que cualquier indicio de que Washington antepone los “acuerdos sobre la disuasión” será explotado por China para ensanchar su campaña de presión en el Indo-Pacífico . Por ejemplo, China podría aumentar incursiones militares alrededor de Taiwán para medir hasta dónde llega el compromiso de EE. UU. con sus líneas rojas, si percibe que en Europa Trump estuvo dispuesto a transar principios por alcanzar un trato. 

En resumen, China ve la cumbre Trump-Putin como un termómetro del resuelve estratégico de Occidente: un test cuyos resultados podría aplicar a su propio beneficio. Hasta ahora, Beijing parece satisfecho con el simple hecho de que grandes potencias negocien (lo cual legitima su estatus), pero calibrará cuidadosamente cualquier precedente que emane de Alaska a la hora de perseguir sus ambiciones regionales.

La estrecha coordinación entre Xi Jinping y Vladímir Putin refleja cómo China observa y apoya diplomáticamente a Rusia, con miras a un orden mundial más favorable a sus intereses compartidos.

En conclusión, China, como tercera gran potencia, ha actuado entre bambalinas: primero respaldando la cumbre diplomáticamente, luego estudiando sus repercusiones para ajustar su estrategia. 

Su papel confirma que el orden global actual tiene un marcado carácter tripolar, donde cada movimiento entre dos jugadores mayores es observado (y aprovechado) por el tercero. 

La reunión de Alaska no solo trató sobre Europa del Este, sino que también proyectó ecos hacia el Lejano Oriente, dejando claro que las cuestiones de guerra, paz y equilibrio de poder en el siglo XXI difícilmente pueden analizarse sin tener en cuenta a China, aun cuando no esté sentada físicamente en la mesa.

¿Consolidación, desafío o reordenamiento del statu quo global?

Los resultados de la cumbre Trump-Putin plantean la cuestión de si este evento fortalece el orden existente, lo desafía abiertamente o inicia su recomposición bajo nuevas reglas. A juzgar por las reacciones y las dinámicas observadas, la cumbre de Alaska supuso en buena medida un desafío al statu quo vigente desde 2022, al tiempo que parece consolidar tendencias de reordenamiento hacia un esquema multipolar de concertación entre grandes potencias. 

En primer lugar, el simple hecho de llevar a cabo negociaciones bilaterales de alto nivel para resolver la guerra de Ucrania –sin la participación de Ucrania ni de aliados europeos– rompe con el enfoque colectivo y de principios que había caracterizado la respuesta occidental a la agresión rusa. Hasta ahora, la posición de EE. UU. y la UE había sido que nada sobre Ucrania se decidiría sin Ucrania, insistiendo en la necesidad de que Moscú retirase tropas como preludio a cualquier alivio de sanciones. La cumbre en Anchorage cambia esa dinámica: Trump aceptó dialogar sin exigir un cese al fuego previo (contradiciendo la condición que él mismo y sus aliados habían sostenido) , e incluso acordó con Putin explorar un “acuerdo de paz” sin pasar primero por una tregua formal . Este giro fue celebrado por Putin como una victoria, pues validó la posición pública de Moscú de buscar un arreglo completo más que una pausa temporal . 

En la práctica, Trump alineó su discurso pos-cumbre con varios de los argumentos rusos: por ejemplo, enfatizó que un mero alto el fuego podría no sostenerse en el tiempo y que lo mejor sería ir directamente a un acuerdo amplio y “duradero”. 

Esa postura había sido exactamente la defendida por el Kremlin, que calificaba las demandas previas de alto el fuego como inadecuadas dado que las posiciones de fondo seguían “diametralmente opuestas”. Que el presidente de EE. UU. adopte ahora ese enfoque supone un cambio cualitativo en la posición occidental, lo cual inquieta a muchos en Europa.

De hecho, los aliados europeos reaccionaron con mezcla de alivio cauto y preocupación tras la cumbre. Por un lado, celebraron cualquier esfuerzo que acerque el final de la guerra: el primer ministro británico, Keir Starmer, sostuvo que la paz estaba “más cerca que nunca gracias a Trump”, aunque aclaró que mientras Putin no detenga su “asalto bárbaro” Europa seguirá “apretando las tuercas” con más sanciones. 

La mención a mayores sanciones es reveladora: indica que las potencias europeas quieren dejar claro que no han dado a Putin un cheque en blanco pese al giro diplomático de Washington. En un comunicado conjunto posterior, líderes de la UE enfatizaron que “Ucrania debe tener garantías de seguridad férreas” y que no se aceptará limitar su derecho soberano a elegir alianzas, incluida la OTAN, rechazando así de antemano dos de las exigencias clásicas de Moscú (neutralidad ucraniana permanente y veto ruso sobre la ampliación de la OTAN) . 

Por otro lado, algunas figuras europeas criticaron abiertamente el resultado de Alaska. El veterano diplomático alemán Wolfgang Ischinger resumió con dureza: “Sin progreso real –un claro 1-0 a favor de Putin– sin sanciones nuevas. Para los ucranianos: nada. 

Para Europa: profundamente decepcionante”. En efecto, tras la cumbre no se anunció ningún avance concreto en Ucrania (no hubo alto el fuego, ni retirada rusa, ni acuerdo humanitario), pero a cambio Putin obtuvo legitimidad y tiempo, sin pagar costo adicional alguno. Esto sugiere que el encuentro desafió el statu quo punitivo que Occidente había impuesto (aislamiento de Putin y presión máxima), al ofrecerle tribuna y reconocimiento sin contraprestación inmediata. La “alfombra roja” simbólica tendida en Alaska contrastó con la política de aislamiento previo, algo que consolida una realidad de facto: Rusia sigue siendo un actor imprescindible para la seguridad europea, le guste o no a la UE, y EE. UU. bajo Trump está dispuesto a tratar con el Kremlin directamente. 

En la práctica, el equilibrio de poder percibido en Europa podría inclinarse; por ejemplo, la mera expectativa de negociaciones prolongadas puede debilitar la determinación de algunos países a mantener el apoyo militar ilimitado a Kiev, o incentivar a terceros actores a reanudar negocios con Moscú pensando que las sanciones podrían relajarse. 

Es decir, la cumbre de Alaska erosiona parcialmente el frente unido occidental y obliga a replantear la estrategia, lo que constituye un desafío al orden vigente desde el inicio de la guerra.

No obstante, sería simplista concluir que esta reunión marca una ruptura completa; más bien, apunta a un reordenamiento del orden global según patrones más clásicos de la realpolitik. En cierto sentido, Alaska evocó imágenes de Yalta o de la Guerra Fría, con grandes potencias discutiendo el destino de regiones enteras. Para Putin, este es el escenario preferido: sentarse con Washington como en los viejos tiempos, relegando a Europa a espectador. Para Trump, también encaja con su visión transaccional: la diplomacia de cumbre al más alto nivel, confiando en la química personal y en el intercambio de favores más que en los procesos multilaterales. 

Ese reordenamiento ya se vislumbraba antes –recordemos que Trump había llegado a reprender duramente a Zelenski en febrero en el Despacho Oval, instándole a ser más receptivo a un compromiso – y la cumbre lo cristaliza. El statu quo global, entendido como la defensa estricta de principios internacionales (integridad territorial, rechazo a la agresión) liderada por Occidente, se ve tensionado. En su lugar, resurge un orden de equilibrio de poder, en el que las potencias negocian “tras bambalinas” el fin de conflictos, aunque eso implique consagrar hechos consumados. No es casual que Putin, tras Alaska, advirtiera que espera que Kiev y la UE “no torpedeen” las conversaciones con provocaciones ni intrigas , dejando entrever que considera la cuestión de Ucrania un asunto que las grandes potencias pueden resolver si terceros no interfieren. 

Esta actitud refleja un cambio sistémico: Ucrania, y por extensión otros estados medianos, corren el riesgo de convertirse en moneda de cambio en pactos entre gigantes, algo que muchos creían superado en la era post-Cold War pero que vuelve al primer plano.

Desde la óptica de la competencia tripolar Estados Unidos-Rusia-China, la cumbre podría contribuir a reordenar alianzas y rivalidades. Si Trump consigue aproximar a Rusia a un entendimiento (aunque sea parcial) con EE. UU., el gran perdedor podría ser el proyecto chino de un frente común con Moscú contra Occidente. 

Sin embargo, hasta ahora no hay señales de que Rusia esté dispuesta a apartarse de China; más bien, Putin querrá beneficiarse de ambos lados. En todo caso, el hecho de que Washington haya flexibilizado su postura respecto a Moscú sugiere una priorización estratégica: concentrar esfuerzos en el desafío de China. 

Es posible que Trump esté calculando que aliviar la confrontación con Rusia le permitirá a EE. UU. lidiar mejor con Beijing en el Indo-Pacífico (donde se juega el liderazgo tecnológico y económico del siglo XXI). Si ese es el rumbo, el orden global viraría hacia una configuración en la que EE. UU. y China se erigen en superpotencias rivales, mientras Rusia ocupa un papel bisagra que puede inclinar la balanza. 

Una especie de re-edición de la triada de la Guerra Fría tardía, cuando Washington explotó la grieta sino-soviética. Aún es pronto para afirmarlo, pero Alaska abre la puerta a esa posibilidad. Por lo pronto, el statu quo inmediato sí ha cambiado: Putin ya no está completamente aislado, Trump ha asumido un rol de mediador que redefine el liderazgo estadounidense, y China observa calculadoramente cómo este nuevo juego de equilibrios se desarrolla.

En síntesis, la reunión de Trump y Putin en Alaska no resolvió el conflicto en Ucrania, pero sí dejó huellas profundas en el tablero geopolítico global. Consolidó la reaparición de la diplomacia de las grandes potencias, desafiando la noción de que ciertos principios (como “no negociar con agresores sin retirar tropas”) son inviolables. A su vez, puso en marcha –o aceleró– un proceso de reordenamiento del orden internacional: de una respuesta unificada y basada en normas hacia un enfoque de concertación entre tres grandes centros de poder. 

Este episodio deberá interpretarse como parte del análisis del zeitgeist contemporáneo: un espíritu de época marcado por el retorno del realismo político, las esferas de influencia y la negociación pragmática, tras décadas en que se aspiró a un orden liberal global basado en reglas. 

La cumbre de Alaska demuestra que estamos entrando en una fase histórica distinta, en la que los líderes de Washington, Moscú y Beijing miden fuerzas pero también hacen acuerdos tácitos que redefinirán las alianzas, la seguridad colectiva y los valores que prevalecerán en el siglo XXI. 

En última instancia, el alcance real de este reordenamiento dependerá de lo que siga a la foto de Anchorage: si se consolida una paz negociada (legitimando este modelo de interacción tripolar) o si, por el contrario, surgen nuevos desafíos y conflictos alentados por la percepción de que las grandes potencias pueden repartirse el mundo sin consecuencias. Por ahora, Alaska 2025 queda como un hito que refleja fielmente la época: un mundo en transición, en el que el diálogo y la rivalidad entre Estados Unidos, Rusia y China definirá el nuevo equilibrio global  .

Fuentes:

Medios internacionales (Reuters, El País, Euronews, Fox News, RFE/RL) y centros de análisis especializados , entre otros. Todas las referencias citadas corresponden a informes y declaraciones recientes, lo que garantiza la actualidad y confiabilidad de la información presentada.

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